Plegarias en la tarde
Cuando calle la tarde
su dolencia de soles,
iremos tú y yo
en tenaz desafío ...
Con sonrisas y asombro.
Con amor y con lágrimas,
a buscar de éste otoño,
los últimos signos.
Y en orillas lejanas ...
entre sueños de estíos, tu y yo lo hallaremos;
en el tiempo rendido,
dormido entre lienzos,
como un niño perdido.
Como un manso sudario,
hecho de oro y olvido.
Cuando calle la tarde
su dolencia de siglos,
en un último intento;
tus ojos, mis ojos,
tus pasos los míos,
se detendrán
tan sólo un instante,
y allá en el poniente...
¡poderosos incendios
milagro divino! ...
Del último sol
quedaremos cautivos.
Cuando calle la tarde
tu silencio y el mío ...
y esta espera doliente
que fué amor y delirio.
A Fernando: el amor de mis días.
Plegarias al poeta
¿Qué misterio?
¿Qué fuerza oculta
nos instiga a intentar el poema?
Escalar los muros
que otros exploraron.
Indagar más allá
de todo lo previsto.
Y el fuego lento ...
Con que incendiamos
nuestros bosques azules,
nos consume.
Hoy aquí alguien nos pide
que expliquemos el otoño.
Entonces ...
una alfombra mágica
de sueños amarillos,
se instala en la memoria.
Para encontrarnos apenas,
con árboles desnudos,
en lejanas orillas
de hojas extenuadas ...
sobre una sábana
estallando en ocres,
que no volverán a ser oro en la tarde;
y donde el viento,
no perpetuará la música.
De pronto renacemos arañamos,
balbucimos, sospechamos la luz
e intentamos la vida.
La magia se cierne
sobre el ala rota.
De nuevo, mariposas de alturas
nos señalan países pequeños.
Ahora aquí es posible soñar
e interrogamos ...
¿Dónde hallar la armonía perfecta?
Los cauces que conducen al océano.
Y el origen el afán del sol
su inclaudicable permanencia.
Y por último, ésta se demorada
obstinada ambición
por la gramática. Y más aún ...
esta paz redentora
y no haber hallado aún ...
la palabra definitiva.