Al indagar en su vida mucho no he podido hallar, más que un poemario, y lo que encontré en internet. Por esa razón hube de contactar a uno de sus descendientes y pudo brindarme algunos datos, aparte de un libro sacado por él mismo en compañía de su esposa y que le rinden homenaje a Agustina.
Una vez que dicho libro cayó en mi poder y al poder encontrar algún que otro dato más, me sentí en la necesidad de mantener viva su memoria y de ésta manera hacer valer esa maravillosa tirada de 500 ejemplares hecha por su descendencia en 1998.
En el poemario de 1878 titulado "Lágrimas. Ensayos poéticos" de corte romántico se pueden hallar dedicatorias y especialmente a la naturaleza, razón ésta última que cabe destacar como un compromiso necesario para la comprensión y equilibrio del ser humano con su entorno. Hoy en día, nuestro deber con la naturaleza es mayor y rindo homenaje a Agustina compartiendo sus poemas dedicados al arroyo Yuquerí, en Entre Ríos.
Desafortunadamente no pude encontrar la ubicación donde se localizaba su hogar en Temperley, donde falleció. La búsqueda de más datos todavía continúa.
Al Yuquerí
Tengo una brisa amiga, que en las tardes
viene mi sien a refrescar:
ella me trae mensajes misteriosos
de otro mundo, otro cielo y otra edad.
Yo la siento venir, el rayo tibio
de la muriente luz crepuscular
no es tan dulce, tan lánguido, tan triste,
como esa brisa amiga del hogar.
¿Qué me dice? Mi espíritu se empapa
en efluvios de suave claridad;
y recuerdos, quimeras y esperanzas,
empiezan en mi torno a revolar.
¿Qué me dice? ¡Ah! Me dice de tus ondas,
aquellas claras ondas de cristal;
en que mojé de niña mis cabellos
y contemplé mi sonrosada faz.
Aquellas frescas ondas que sombrean
los sarandís, los molles y el ceibal,
por una niña triste y soñadora,
latiendo el seno de amoroso afán.
Las olas se revuelven enojadas
entre los verdes lazos del juncal:
-¡Ah! Le dicen, la niña de que hablamos,
otros sueños tenía y otro afán.
Y le cuentan las dulces confidencias
de aquellos tiempos de ilusión y paz,
que turbó el huracán de la desgracia,
apagando la lumbre de mi hogar.
Y la brisa, sonriendo, viene a traerme
mensajes de tus ondas de cristal,
perfumes de silvestres campanillas
murmullos de los genios del palmar.
Al mismo
Felíz seré si el eco de mi canto
es llevado a tus playas por el viento;
si el rumor de tus ondas gemidoras
no apaga de mi voz el triste acento.
¡Oh, Yuquerí! Mil veces he soñado
que tranquila jugaba en tus orillas,
y el himno matinal al cielo alzaba
unido al de tus tiernas avecillas.
Era un sueño no más, sueño ligero.
Lejos estoy de ti, mi arroyo amado.
Si canto, es para alivio de mis penas
como canta el zorzal encarcelado.
¡Quizás no te veré! Pero el recuerdo
de tus ondas, tus juncos y palmeras,
a donde vi posarse tantas veces
las bulliciosas aves pasajeras;
El recuerdo del sauce que mojaba
su lánguido ramaje en tu corriente,
y en cuyo viejo tronco se anidaba
al caer la tarde la torcaz doliente.
Ese recuerdo vivirá conmigo,
eternamente a mi existencia atado...
¡Nadie es felíz en esta vida ingrata,
más que una sola vez, arroyo amado!
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